martes, 18 de septiembre de 2007

Etiopia primer pais cristiano




Misioneros a pesar de todo
Pablo A. Deiros


LA CONVERSIÓN de Etiopía al cristianismo fue uno de los eventos más significativos en la expansión de la fe fuera de las fronteras del Imperio Romano. La importancia del hecho está en que Etiopía es el país cristiano más antiguo no sólo de Africa sino de todo el mundo, Además, le cabe el honor de haber tenido testimonio cristiano en forma continuada, salvo un corto período en el siglo X.
Los orígenes del cristianismo en Etiopía están en discusión. Algunos piensan que los primeros testigos en esta remota tierra fueron algunos de los africanos que estuvieron presentes en Jerusalén para Pentecostés y que conocieron al Señor en aquella oportunidad (Hch. 2.10). Con mayor insistencia se menciona al eunuco etíope de Hechos 8.2639 como el primer misionero a su propia tierra. Es interesante acotar que el bautismo de este africano es registrado en Hechos como el primer bautismo de un gentil. Según algunos Padres de la Iglesia, este eunuco anónimo merece ser tenido como el fundador del cristianismo en Etiopía. Una antigua tradición señala que el funcionario de la reina Candace llevó el mensaje cristiano a la ciudad real de Meroe, junto al río Nilo, y que muchos recibieron la Palabra gracias a su testimonio.


Otra antigua tradición indica un origen diferente. Sócrates (no el filósofo griego, sino un historiador cristiano que continuó la obra de Eusebio) en su Historia Eclesiástica parece señalar que quien merece el titulo de Apóstol de Etiopía es Mateo, el discípulo de Jesús. Según esta tradición, los Doce Apóstoles se dividieron entre sí el mundo conocido en su tiempo para evangelizar cada uno una región diferente. Una versión’de esta tradición dice que Tomás fue a los partos, Bartolomé recibió una parte de la India, y a Mateo le tocó Etiopía.1
Una experiencia del pasado


La tradición que cuenta con mayores probabilidades en cuanto al origen histórico del cristianismo en Etiopía es la que refiere Rufino, un monje italiano de comienzos del siglo V, que pasó veinte años de su vida en el Monte de los Olivos dedicado mayormente al estudio y a la traducción de manuscritos griegos al latín. En su Historia Eclesiástica Rufino atribuye los orígenes del cristianismo etíope a Frumencio. La versión de Rufino señala que un filósofo de Tiro, llamado Meropio, salió de viaje hacia la India llevando consigo a dos muchachos parientes suyos que eran también sus discípulos. En el viaje de regreso a Palestina la nave en que viajaban hizo puerto en Adulis, sobre la margen sur del Mar Rojo. Allí la nave fue atacada por los habitantes del lugar y su tripulación fue masacrada. Los únicos que pudieron salvarse por haber desembarcado antes del ataque fueron Frumencio y su hermano Edesio. Estos fueron hechos prisioneros y llevados ante el rey en la ciudad capital, Axum o Aksum. En razón de que eran jóvenes bien educados e inteligentes, el rey los puso a su servicio. Muy pronto ambos alcanzaron posiciones de importancia dentro del palacio. Frumencio, que era el mayor, llegó a ser secretario del rey, mientras que Edesio fue su copero. De esta manera, no sólo gozaron de la plena confianza del monarca sino que tuvieron ciertos privilegios y libertades.
Las circunstancias fueron todavía más favorables para los dos hermanos cuando el rey murió. El heredero al trono, Ezana, era un niño pequeño y estaba bajo su cuidado. En parte por esta razón la reina solicitó a los dos jóvenes cristianos que compartieran con ella la responsabilidad de gobernar el reino en calidad de regentes. De esta manera, el poder de decisión quedó en buena medida en las manos del sabio Frumencio, cuya historia recuerda en muchos aspectos la de José, el hijo de Jacob, en Egipto. Frumencio supo usar su influencia para favorecer la causa del cristianismo.


Por un lado, su testimonio, consejo e influencia llevaron a la conversión del joven monarca y, con el tiempo, a la conversión de toda la nación, Es interesante notar que la arqueología ha ofrecido evidencias de la efectividad del testimonio de Frumencio. Ezana dejó inscripciones en Axum, la antigua capital etíope, que hablan de los triunfos de su reino entre los años 325 y 350. Con respecto a las primeras victorias el rey da gracias a los dioses del país, pero en las últimas inscripciones se percibe un cambio notable. Dice el monarca: "Gracias sean dadas al Señor de los cielos, quien tanto en los cielos como en la tierra es más poderoso que nadie". Evidentemente Ezana se había convertido al cristianismo. Una de las monedas de su reino apunta a la misma experiencia al presentar la imagen del rey acompañada de cuatro cruces en cada extremo.
Además, Frumencio usó su posición de prestigio y autoridad para ayudar al desarrollo del cristianismo dentro de los dominios etíopes. Estando ya en una posición de autoridad, se encontró con cristianos entre mercaderes romanos que habían llegado a Etiopía, y los ayudó a construir lugares de adoración y se preocupó por su bienestar espiritual.


En el caso de Edesio, éste finalmente regresó a su tierra de origen, Tiro, donde con el tiempo fue ordenado como presbítero de la iglesia en esa ciudad. Fue Edesio quien aparentemente refirió a Rufino las aventuras vividas con su hermano Frumencio en Etiopía. Seguramente Edesio habrá pasado largas horas de conversación con Rufino en el monasterio del Monte de los Olivos.
En cuanto a Frumencio, en una oportunidad viajó a Alejandría (Egipto) donde se encontró con el célebre Atanasio, el defensor de la doctrina ortodoxa en el Concilio de Nicea (325). Frumencio solicitó al patriarca alejandrino que enviara un obispo para atender a los numerosos cristianos e iglesias que se encontraban en el reino etíope. La conversión del país estaba avanzando rápidamente y hacía falta instrumentar una estructura de organización para la incipiente iglesia, además de velar por el buen desarrollo doctrinal de las congregaciones. Ante el pedido concreto de Frumencio, luego de una cuidadosa consideración, Atanasio respondió: "¿Y quién mejor que tú para ello?" De esta manera, Atanasio consagró a Frumencio como el primer obispo cristiano de Axum en el año 328.


Para mediados del siglo. IV el cristianismo no sólo había sido introducido en Etiopía sino que ya estaba organizado, en proceso de expansión y con su propio obispo. La iglesia etíope se transformó así en la decana de las iglesias africanas, Con el tiempo un gran número de monjes cristianos llegaron al país para continuar su evangelización, Es probable que a través de ellos la Biblia fuese traducida a la lengua nativa, saliendo a la luz de este modo la Versión Etíope, de gran valor para los estudios del texto del Nuevo Testamento.
Una lección para el presente
¿De qué manera la romántica historia de Frumencio y el origen del cristianismo en Etiopía nos dejan alguna lección para el cumplimiento de nuestra misión hoy?
Por un lado, en el caso de Frumencio se cumplió el adagio popular que dice: "No hay mal que por bien no venga". En términos cristianos esto significa una confirmación de la promesa divina de que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Ro.8.28). Por cierto, el desenlace positivo de las situaciones adversas no tiene que ver tanto con el logro de las aspiraciones personales, como con la realización plena del propósito salvífico de Dios en Cristo. En otras palabras, aun nuestras desgracias pueden servir como plataforma de lanzamiento para el proyecto liberador que Dios se propone concretar en Cristo.


Frumencio nunca imaginó en sus años de adolescente que su viaje a la India con su tío, la parada en el puerto de Adulis para un reaprovisionamiento de rutina, el desembarco junto con su hermano para ir a estudiar sus lecciones bajo un árbol en la playa, y la tragedia que siguió pudieran tener algo que ver con la conversión a la fe cristiana de un rey y de toda una nación. Además, si alguna vez se había cruzado por la mente de Frumencio la idea de servir al Señor en el ministerio, seguramente jamás había entrado en la lista de sus posibilidades el llegar a ser obispo en una nación no sólo lejana, extraña y exótica, sino también enemiga del Imperio Romano del que él formaba parte.

Por su parte, Edesio jamás soñó con llegar a una posición en el ministerio cristiano, y mucho menos en su tierra natal, mientras servia como copero del rey en Axum. Tampoco pensó, en medio de las dramáticas circunstancias que rodearon sus primeras experiencias en Etiopía, que viviría para contarlas.
A veces el Señor nos sorprende con ciertos modelos misiológicos "no convencionales", pero de gran efectividad. El caso de la conversión de Etiopía es uno de ellos. La evangelización de esta tierra no resultó de un proyecto humano orientado a tal efecto, sino del ensamble providencial de circunstancias históricas que concretaron el propósito divino de sembrar el evangelio en esta nación africana. Por cierto, la estrategia divina no se desplegó sin el significativo aporte de elementos humanos. Es evidente que Frumencio y Edesio contaban con una sólida formación doctrinal cristiana. Además, su fe era viva y comprometida. Lejos de aprovechar de manera egoísta las ventajas que poco a poco iban consiguiendo en la corte real etíope, supieron asumir estas oportunidades como desafíos al servicio y el testimonio cristianos.


Otra cosa digna de notar es que esta actitud de compromiso con la fe no fue el resultado de una maduración en el tiempo o de un lento progreso en la experiencia cristiana. Frumencio y Edesio eran muy jóvenes cuando sus vidas se vieron casi totalmente aisladas del mundo romano y de las influencias cristianas. Sin embargo, parece evidente que la semilla de la fe plantada en ellos en su niñez y juventud estaba profundamente arraigada. Las circunstancias más difíciles y contradictorias no pudieron borrar las convicciones que en edad temprana se habían anidado en el corazón y las mentes de estos jóvenes.
Por otro lado, llama la atención la actitud de Frumencio al ir a Alejandría y procurar establecer una relación de la obra en Etiopía con la corriente mayor del cristianismo en el Mediterráneo oriental. La obra en Etiopía era el resultado de sus labores, pero con gran madurez comprendió la necesidad de relaciones más amplias que las locales y nacionales para el buen desarrollo de las iglesias. A su vez, es interesante también la actitud de Atanasio, quien no sólo recibió de buen grado el sorprendente informe del avance del cristianismo en la lejana Etiopía, sino que consideró necesario encomendar al liderazgo local la dirección de la obra. De este modo, el cristianismo etíope no sólo se desarrolló de manera independiente del cristianismo cóptico (egipcio), sino que se contextualizó mejor a las condiciones propias de su tierra.


Hombres y circunstancias bajo el control soberano de Dios resultan en la expansión de la fe en Cristo para la salvación de muchos. Dentro de este esquema aun las circunstancias contradictorias de la vida se transforman en oportunidades óptimas para la manifestación de la poderosa mano de Dios para salvar. Y todo esto es posible porque en la economía divina nuestras desgracias pueden ser sus victorias. Esta convicción es la que nos ayuda a continuar siendo misioneros a pesar de todo.

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